jueves, 4 de agosto de 2011

Y tú te habías ido




Es fácil ser pudoroso cuando los sentimientos que se asoman a una ventana son los de uno mismo. Es fácil ser pudoroso, y quizá por eso estos poemas hayan estado tantos años en el interior de una habitación a oscuras. No sé si el momento de abrir las ventanas ha llegado, ahora, como por casualidad, pero en este momento, y no en otro, me he visto en la necesidad de correr los visillos y hacer que los poemas se asomen a la tarde. Y la luz se hizo.

Oh, cielo, ¿dónde estabas?
Vino aquella mañana el viento del norte
para saludarte, y no te encontró
y se fue.
¿Dónde estabas?
No te encontró cuando vino el sol
para calentarte, y también se marchó.
Oh, cielo, ¿dónde estabas
que ni el viento ni el sol te encontraron?

Vinieron hasta la puerta de mi casa
la lluvia y el frío. Querían verte.
Les dije: -Pasad. Pero también se marcharon.
¿Tú dónde estabas, amor mío?

Aquella mañana de invierno
no te encontró conmigo
y se marchó.
La primavera no tuvo
a quién dejarle flores
y se marchó.
Oh, cielo, ¿dónde estabas?

No quiero que venga la noche
y no te encuentre conmigo
y se vaya.
No quiero que vengan
las frías tardes de Noviembre
y también se vayan.

No sé cual fue tu camino.
Sólo se que vinieron a buscarte
el viento del norte, el sol, la lluvia, el frío
y una mañana de invierno...
y tú te habías ido.

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